Abrió su delicada bata roja de terciopelo con gráficos dorados y apreció su exuberante cuerpo y sus hermosas piernas. Volvió a cerrar la bata suavemente. Peinó su larguísimo y lacio cabello negro azabache que estaba desordenado. Se hizo un moño en la nuca el cual aseguró con una peineta de oro con brillantes y diamantes.
Tocó una campanita dorada para que viniesen a poner en orden la cama y la lujosa habitación-su preferida para trabajar-, y también para que viniera el niño con la palangana de agua.
Esto ocurría en la turbulenta, agobiante e iluminada noche de Shangai.
Ella tenía casi veinte años y ya era la dueña del más lujoso burdel de esta ciudad.
(dibujo de Carlos Chong)
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